lunes, 18 de octubre de 2010

ROTACION TRANSLACION

       Aunque no lo parezca, el planeta Tierra siempre está en constante movimiento. Forma parte del sistema solar, un sistema que incluye el Sol, nueve planetas y sus lunas, cometas y asteroides.
         Todas las lenguas e idiomas tienen una definición para su nombre, sin embargo, el nombre oficial del planeta establecido por la Unión de Astrónomos Internacional es el de Terra . Los científicos utilizan la raíz terra del latín y del prefijo griego geo- , el de la diosa griega, Gaia .
         La Tierra está compuesta por diferentes capas; atmosférica, hidrológica y geológica. Sus componentes son la atmósfera, la hidrosfera, la corteza, el manto y el núcleo. La biosfera no se considera parte de las capas físicas de la Tierra debido a su composición.
         Cuenta con 40.000 kilómetros en su parte más ancha, el ecuador. Debido a que gira sobre su propio eje una vez en 24 horas, un punto sobre el ecuador de
la Tierra viaja aproximadamente a 1.700 kilómetros por hora en relación con su eje. Pero, cuanto más cerca llegue a los Polos, menos tiempo echará este punto en la rotación. En la latitud 60º Norte o Sur, la distancia es la mitad que en el ecuador, por lo que un punto viaja a la mitad de la velocidad.
         Como la Tierra es una esfera, su superficie obtiene mayor intensidad de luz, de calor, en el ecuador que en los polos.
         En el Equinoccio, el Sol pasa directamente por encima del ecuador a mediodía y el suelo recibe aproximadamente 1 caloría de energía solar.
         Ese mismo día, 60º N, en la latitud de Anchorage, en Alaska, Oslo o Noruega, el Sol no sube más de 30º sobre el horizonte a mediodía y calienta una pequeña porción de terreno, con tan solo la mitad de intensidad que en el ecuador.
         En los polos, el Sol parece asentarse sobre el horizonte durante largos períodos de más de 24 horas, y sus rayos rozan la superficie horizontalmente.

La Tierra gira alrededor del Sol inclinada hacia un lado. Esta inclinación es la responsable de los cambios climáticos y las estaciones que experimentamos (por cortesía de Helga Nordhoff).

         El movimiento de la Tierra es el de rotación sobre su propio eje y el de traslación alrededor del Sol. El camino de la Tierra alrededor del Sol es su órbita. Tarda un año, es decir, 365 días en orbitar completamente alrededor del Sol.
         El movimiento de rotación se realiza de Oeste a Este, por lo que el Sol aparenta salir por Oriente y se pone por Occidente, lo que da lugar a los días y las noches. Conocer la rotación terrestre y sus consecuencias permite localizar cualquier punto sobre la superficie terrestre y dividir el tiempo en horas.
         En un marco de referencia de inercia, el eje de la Tierra sufre un movimiento precesional lento con un período de aproximadamente 25.800 años, así como de una nutación con un período principal de 18,6 años. Estos movimientos son causados por la atracción diferencial del Sol y la Luna sobre el aumento ecuatorial de la Tierra, debido a su aplastamiento en los Polos. El movimiento polar es casi periódico, conteniendo un componente anual y un  componente de un período de 14 meses llamado el “bamboleo” o Wobbler. También la velocidad rotatoria varía, un fenómeno conocido como la longitud de variación del día.

Localización sobre la geografía terrestre:

       

Mapa físico de la Tierra. (Por cortesía de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos).

         Para orientarnos o para localizar un punto concreto, se utilizan los puntos cardinales. Una persona puede saber dónde se encuentra cada punto cardinal de forma simple. Si señala con el brazo derecho hacia donde sale el Sol, este lugar corresponde al Este. El Oeste sería entonces el brazo izquierdo.  Y tendríamos el Norte delante de nosotros y el Sur detrás.

Situación de los puntos cardinales en relación con el Sol. (Por cortesía del Ministerio de Educación y Ciencia).

         Otro sistema para localizar un punto con exactitud sobre la geografía terrestre consiste en las coordenadas geográficas. Las coordenadas geográficas se hallan a partir de una red geográfica de líneas imaginarias llamadas meridianos y paralelos. Los meridianos son semicírculos imaginarios que unen los Polos. Los paralelos son círculos imaginarios paralelos al Ecuador y perpendiculares a los meridianos, entre los que destacan el Trópico de Cáncer, el Trópico de Capricornio, El Círculo Polar Ártico y el Círculo Polar Antártico.
         La longitud es la distancia angular que existe entre un punto cualquiera de la superficie terrestre y el Meridiano de Greenwich.
         La latitud y la longitud se miden en grados. Sus valores máximos son 90º de latitud Norte, 901 de latitud Sur, 180º de longitud Este y 180º de longitud Oeste.
         La latitud es la distancia angular entre un punto cualquiera de la superficie terrestre y el Ecuador, que es el círculo máximo que divide la Tierra en dos hemisferios, el Norte y el Sur.

Los husos horarios.

Los husos horarios (por cortesía de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina).

         Todos los lugares en la Tierra que están en el mismo meridiano tienen la misma hora solar. La circunferencia de la Tierra tiene un total de 360º y el día solar se divide en veinticuatro horas, por lo que la Tierra se puede dividir en veinticuatro franjas imaginarias de una hora, los denominados husos horarios.  Por ello, cada 15º de longitud hay una hora diferencia, una más hacia el Este y una menos hacia el Oeste.

CAMBIO CLIMATICO

Se llama cambio climático a la modificación del clima con respecto al historial climático a una escala global o regional. Tales cambios se producen a muy diversas escalas de tiempo y sobre todos los parámetros climáticos: temperatura, precipitaciones, nubosidad, etc. En teoría, son debidos tanto a causas naturales (Crowley y North, 1988) como antropogénicas (Oreskes, 2004).
El término suele usarse de forma poco apropiada, para hacer referencia tan sólo a los cambios climáticos que suceden en el presente, utilizándolo como sinónimo de calentamiento global. La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático usa el término cambio climático sólo para referirse al cambio por causas humanas:
Por "cambio climático" se entiende un cambio de clima atribuido directa o indirectamente a la actividad humana que altera la composición de la atmósfera mundial y que se suma a la variabilidad natural del clima observada durante períodos comparables
Artículo 1, párrafo 2
Como se produce constantemente por causas naturales se lo denomina también variabilidad natural del clima. En algunos casos, para referirse al cambio de origen humano se usa también la expresión cambio climático antropogénico.
Además del calentamiento global, el cambio climático implica cambios en otras variables como las lluvias globales y sus patrones, la cobertura de nubes y todos los demás elementos del sistema atmosférico. La complejidad del problema y sus múltiples interacciones hacen que la única manera de evaluar estos cambios sea mediante el uso de modelos computacionales que simulan la física de la atmósfera y de los océanos. La naturaleza caótica de estos modelos hace que en sí tengan una alta proporción de incertidumbre (Stainforth et ál., 2005) (Roe y Baker, 2007), aunque eso no es óbice para que sean capaces de prever cambios significativos futuros (Schnellhuber, 2008) (Knutti y Hegerl, 2008) que tengan consecuencias tanto económicas (Stern, 2008) como las ya observables a nivel biológico (Walther et ál., 2002)(Hughes, 2001).

NEVADA

Nevada (pronunciado en inglés [nəˈvædə])[1] es uno de los 50 estados de los Estados Unidos, localizado en el oeste del país. Su capital es Carson City, aunque su mayor ciudad es Las Vegas. Es conocida por sus casinos y por la legalización del juego.
Nevada posee las mayores tasas de crecimiento demográfico de todo Estados Unidos, en gran medida gracias a la gran inmigración de mexicanos. El crecimiento demográfico del estado entre 1990 y 2000 fue enorme, del 66,3%. No obstante, la mayor parte de Nevada está casi despoblada. La mayoría de la población del estado se concentra en los núcleos urbanos de Las Vegas y Carson City-Reno.
Los primeros exploradores europeos en explorar la zona de Nevada fueron los españoles. Éstos fueron los que le dieron el nombre de Nevada, a causa de la nieve que cubría los montes en invierno. Nevada fue parte del Virreinato de Nueva España hasta 1821, fecha de la independencia de México, pasando a formar parte de México. En 1848, con el final de la Intervención estadounidense en México, Nevada pasa a formar parte de Estados Unidos. El 31 de octubre de 1864, fue elevada a la categoría de estado de Estados Unidos, en plena Guerra de Secesión. Ello le ha valido el apodo de The Battle-Born State (el estado nacido en la batalla).
Durante la década de 1870 se encontraron en Nevada grandes yacimientos de plata, lo que le valió el apodo de The Silver State. Actualmente, la minería aún posee cierta importancia en la economía de Nevada, aunque mucho menos que antaño. Además de plata, es un gran productor de oro, petróleo y arena. Sin embargo, en la actualidad la mayor fuente de ingresos es el turismo. Nevada es famosa por sus casinos, que se concentran en Las Vegas y en Reno.

TSUNAMI

Un tsunami[1] (del japonés tsu: ‘puerto’ o ‘bahía’, y nami: ‘ola’; literalmente significa ‘ola de puerto’), en ocasiones denominado también maremoto es una ola o un grupo de olas de gran energía y tamaño que se producen cuando algún fenómeno extraordinario desplaza verticalmente una gran masa de agua. Se calcula que el 90% de estos fenómenos son provocados por terremotos, en cuyo caso reciben el nombre, más preciso, de «maremotos tectónicos».
La energía de un tsunami depende de su altura (amplitud de la onda) y de su velocidad. La energía total descargada sobre una zona costera también dependerá de la cantidad de picos que lleve el tren de ondas (en el maremoto del océano Índico de 2004 hubo 7 picos). Este tipo de olas remueven una cantidad de agua muy superior a las olas superficiales producidas por el viento.

Contenido

[ocultar]

[editar] Términos

Antes, el término tsunami también sirvió para referirse a las olas producidas por huracanes y temporales que, como los maremotos, podían entrar tierra adentro, pero éstas no dejaban de ser olas superficiales producidas por el viento, aunque se trata aquí de un viento excepcionalmente poderoso.
Tampoco se deben confundir con la ola producida por la marea conocida como macareo. Éste es un fenómeno regular y mucho más lento, aunque en algunos lugares estrechos y de fuerte desnivel pueden generarse fuertes corrientes.
La mayoría de los tsunamis son originados por terremotos de gran magnitud bajo la superficie acuática. Para que se origine un maremoto el fondo marino debe ser movido abruptamente en sentido vertical, de modo que una gran masa de agua del océano es impulsada fuera de su equilibrio normal. Cuando esta masa de agua trata de recuperar su equilibrio genera olas. El tamaño del tsunami estará determinado por la magnitud de la deformación vertical del fondo marino entre otros parámetros como la profundidad del lecho marino. No todos los terremotos bajo la superficie acuática generan maremotos, sino sólo aquellos de magnitud considerable con hipocentro en el punto de profundidad adecuado.
Un maremoto tectónico producido en un fondo oceánico de 5 km de profundidad removerá toda la columna de agua desde el fondo hasta la superficie. El desplazamiento vertical puede ser tan sólo de centímetros; pero, si se produce a la suficiente profundidad, la velocidad será muy alta y la energía transmitida a la onda será enorme. Aun así, en alta mar la ola pasa casi desapercibida, ya que queda camuflada entre las olas superficiales. Sin embargo, destacan en la quietud del fondo marino, el cual se agita en toda su profundidad.
Maremoto de Sumatra, en 2004.
La zona más afectada por este tipo de fenómenos es el Océano Pacífico, debido a que en él se encuentra la zona más activa del planeta, el cinturón de fuego. Por ello, es el único océano con un sistema de alertas verdaderamente eficaz.

AGUA

Para otros usos de este término, véase Agua (desambiguación) y H2O (desambiguación).
Para las propiedades físicas y químicas del agua, véase Molécula de agua.
El agua en la naturaleza se encuentra en sus tres estados: líquido fundamentalmente en los océanos, sólido (hielo en los glaciares y casquetes polares así como nieve en las zonas frías) y vapor (invisible) en el aire.
El ciclo hidrológico: el agua circula constantemente por el planeta en un ciclo continuo de evaporación, transpiración, precipitaciones, y desplazamiento hacia el mar.
El agua es un elemento esencial para mantener nuestras vidas. El acceso a un agua potable segura nos garantiza inmunidad frente a las enfermedades. Necesidades vitales humanas como el abastecimiento de alimentos dependen de ella. Los recursos energéticos y las actividades industriales que necesitamos también dependen del agua.[1]
El agua (del latín aqua) es una sustancia cuya molécula está formada por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno (H2O). Es esencial para la supervivencia de todas las formas conocidas de vida. El termino agua, generalmente, se refiere a la sustancia en su estado líquido, pero la misma puede hallarse en su forma sólida llamada hielo, y en forma gaseosa denominada vapor. El agua cubre el 71% de la superficie de la corteza terrestre.[2] Se localiza principalmente en los océanos donde se concentra el 96,5% del agua total, los glaciares y casquetes polares poseen el 1,74%, los depósitos subterráneos (acuíferos), los permafrost y los glaciares continentales suponen el 1,72% y el restante 0,04% se reparte en orden decreciente entre lagos, humedad del suelo, atmósfera, embalses, ríos y seres vivos.[3] El agua es un elemento común del sistema solar, hecho confirmado en descubrimientos recientes. Puede ser encontrada, principalmente, en forma de hielo; de hecho, es el material base de los cometas y el vapor que compone sus colas.
Desde el punto de vista físico, el agua circula constantemente en un ciclo de evaporación o transpiración (evapotranspiración), precipitación, y desplazamiento hacia el mar. Los vientos transportan tanto vapor de agua como el que se vierte en los mares mediante su curso sobre la tierra, en una cantidad aproximada de 45.000 km³ al año. En tierra firme, la evaporación y transpiración contribuyen con 74.000 km³ anuales al causar precipitaciones de 119.000 km³ cada año.[4]
Se estima que aproximadamente el 70% del agua dulce es usada para agricultura.[5] El agua en la industria absorbe una media del 20% del consumo mundial, empleándose en tareas de refrigeración, transporte y como disolvente de una gran variedad de sustancias químicas. El consumo doméstico absorbe el 10% restante.[6]
El agua potable es esencial para todas las formas de vida, incluida la humana. El acceso al agua potable se ha incrementado durante las últimas décadas en la superficie terrestre.[7] [8] Sin embargo estudios de la FAO, estiman que uno de cada cinco países en vías de desarrollo tendrá problemas de escasez de agua antes del 2030; en esos países es vital un menor gasto de agua en la agricultura modernizando los sistemas de riego.[6

ATMOSFERA

La atmósfera, el aire que nos permite vivir
ATMOSFERA
Foto: ©stock.xchng.com
La atmósfera es la capa de gases que envuelve la Tierra y evita que el aire salga de ésta creando así un inmenso océano de aire. Distribuye o concentra las sustancias contaminantes según factores como el viento, la lluvia, las inversiones térmicas o la turbulencia. 
Esta enorme capa de gases es indispensable para la vida debido fundamentalmente a la función protectora de la radiación solar. Además, si no existiera la atmósfera la temperatura del planeta sería de 22ºC bajo cero. Aproximadamente ¾ partes de éste es nitrógeno y ¼ parte es oxígeno, y estos dos gases son totalmente necesarios para mantener la vida en el planeta. También tiene en su composición otro tipo de gases como el argón, y el dióxido de carbono, CO2, que están presentes en cantidades pequeñas.
El oxígeno (O2) es el componente responsable de los procesos de oxidación y es el que hace que las combustiones sean posibles. También la respiración de los seres vivos, animales y plantas, es una forma de oxidación y es posible gracias a la contribución de este elemento.
Si no existiera la atmósfera la temperatura del planeta sería de 22ºC bajo cero
El dióxido de carbono (CO2) está presente en la atmósfera en una proporción muy pequeña, alrededor de un 0,03%; pero tiene un papel muy importante en el balance de radiación del sistema sol-tierra-atmósfera porque colabora al calentamiento de la tierra en el proceso "efecto invernadero". Contribuye de una manera decisiva al mantenimiento de la vida al formar parte del proceso de la fotosíntesis.
Otros componentes son el monóxido de carbono (CO), producto de combustiones incompletas, el metano, gran parte del cual es de origen biológico, el amoniaco, el ozono y el dióxido de nitrógeno. Además de estos componentes hay que considerar la presencia de elementos originados por la actividad humana o de los seres vivos, partículas, polen, bacterias, polvo, humos, gases diversos, sales y algunas más en proporciones mucho más pequeñas.
También hay en la atmósfera una pequeña proporción de vapor de agua y una serie de partículas en suspensión: partículas inorgánicas, pequeños organismos o restos de ellos, cloruro sódico (NaCl) proveniente del mar, etc.
La contaminación atmosférica, una amenaza con historia
Mucho antes de que el ser humano pisara la Tierra, el planeta ya contaba con una serie de factores que ponían en peligro su propia existencia, entre los cuales las erupciones volcánicas, los terremotos y los incendios forestales ocupaban un lugar destacado debido a su capacidad para generar ciertas sustancias que alteran la composición innata del aire, perjudicando a su vez a todos los animales y a sus ecosistemas.
El medio ambiente también se deteriora, provocando notables daños en la vegetación y en el reino animal
La aparición del hombre incrementó esta agresión, alimentándola con las consecuencias medioambientales que lleva consigo el desarrollo tecnológico e industrial, y sumando a los efectos negativos de las primitivas fuentes naturales los producidos por los modernos automóviles o los sistemas de calefacción. Todo ello ha dado lugar desde la Primera Revolución Industrial a un fenómeno altamente nocivo para nuestro entorno: la contaminación atmosférica; contaminación causada por la inclusión en la envoltura gaseosa que rodea la Tierra -la atmósfera, en cualquiera de sus capas: troposfera, estratosfera, mesosfera o termosfera- de sustancias o formas de energía perjudiciales para nuestro medio ambiente.
Un problema que nos perjudica a todos
Las consecuencias derivadas de la ocupación del aire por partículas de azufre, nitrógeno, carbono, halógenos u otras sustancias son una tremenda amenaza para la salud del hombre y de la naturaleza en general.
Millones de personas sienten cada día como su salud se deteriora, respirando gases corrosivos que pueden conllevar a molestias respiratorias e, incluso, aumentar la probabilidad de padecer cáncer, provocar olores desagradables y afectar a los cultivos que más tarde se convertirán en nuestros alimentos. Los habitantes que más sufren los efectos de la mala calidad del aire son aquéllos que se encuentran en las grandes ciudades, pues el tráfico, la industria y la calefacción son mucho mayores en estos núcleos urbanos que en los pueblos pequeños.
Pero no somos los humanos los únicos que nos vemos afectados por los efectos de la contaminación, sino que el medio ambiente también se deteriora, provocando notables daños en la vegetación y en el reino animal.
El clima de la zona puede verse modificado como consecuencia del llamado efecto invernadero, al que contribuyen las emisiones de estos gases, que pueden además ser el motivo del descenso de ozono en la atmósfera, un filtro absolutamente necesario para que altos niveles de rayos ultravioleta no consigan alcanzar la superficie de la Tierra.
Otro de los fenómenos más temidos derivados de la contaminación atmosférica es la lluvia ácida, que se traduce en un descenso de partículas de agua impregnadas de óxidos contaminantes y que, en forma de precipitación se funde con nuestros suelos y aguas, introduciendo en ellos una serie de modificaciones químicas que posteriormente tendrán sus repercusiones sobre los ecosistemas.

lluvia ácida

La lluvia ácida se forma cuando la humedad en el aire se combina con los óxidos de nitrógeno y el dióxido de azufre emitidos por fábricas, centrales eléctricas y vehículos que queman carbón o productos derivados del petróleo. En interacción con el vapor de agua, estos gases forman ácido sulfúrico y ácidos nítricos. Finalmente, estas sustancias químicas caen a la tierra acompañando a las precipitaciones, constituyendo la lluvia ácida.
Los contaminantes atmosféricos primarios que dan origen a la lluvia ácida pueden recorrer grandes distancias, siendo trasladados por los vientos cientos o miles de kilómetros antes de precipitar en forma de rocío, lluvia, llovizna, granizo, nieve, niebla o neblina. Cuando la precipitación se produce, puede provocar importantes deterioros en el ambiente.
La lluvia normalmente presenta un pH de aproximadamente 5.65 (ligeramente ácido), debido a la presencia del CO2 atmosférico, que forma ácido carbónico, H2CO3. Se considera lluvia ácida si presenta un pH de menos de 5 y puede alcanzar el pH del vinagre (pH 3). Estos valores de pH se alcanzan por la presencia de ácidos como el ácido sulfúrico, H2SO4, y el ácido nítrico, HNO3. Estos ácidos se forman a partir del dióxido de azufre, SO2, y el monóxido de nitrógeno que se convierten en ácidos.
Los hidrocarburos y el carbón usados como fuente de energía, en grandes cantidades, pueden también producir óxidos de azufre y nitrógeno y el dióxido de azufre emitidos por fábricas, centrales eléctricas y vehículos que queman carbón o productos derivados del petróleo.
La lluvia ácida se forma cuando la humedad en el aire se combina con los óxidos de nitrógeno y el dióxido de azufre emitidos por fábricas, centrales eléctricas y vehículos que queman carbón o productos derivados del petróleo. En interacción con el vapor de agua, estos gases forman ácido sulfúrico y ácidos nítricos. Finalmente, estas sustancias químicas caen a la tierra acompañando a las precipitaciones, constituyendo la lluvia ácida.
Los contaminantes atmosféricos primarios que dan origen a la lluvia ácida pueden recorrer grandes distancias, siendo trasladados por los vientos cientos o miles de kilómetros antes de precipitar en forma de rocío, lluvia, llovizna, granizo, nieve, niebla o neblina. Cuando la precipitación se produce, puede provocar importantes deterioros en el ambiente.
La lluvia normalmente presenta un pH de aproximadamente 5.65 (ligeramente ácido), debido a la presencia del CO2 atmosférico, que forma ácido carbónico, H2CO3. Se considera lluvia ácida si presenta un pH de menos de 5 y puede alcanzar el pH del vinagre (pH 3). Estos valores de pH se alcanzan por la presencia de ácidos como el ácido sulfúrico, H2SO4, y el ácido nítrico, HNO3. Estos ácidos se forman a partir del dióxido de azufre, SO2, y el monóxido de nitrógeno que se convierten en ácidos.
Los hidrocarburos y el carbón usados como fuente de energía, en grandes cantidades, pueden también producir óxidos de azufre y nitrógeno y el dióxido de azufre emitidos por fábricas, centrales eléctricas y vehículos que queman carbón o productos derivados del petróleo.
La lluvia ácida se forma cuando la humedad en el aire se combina con los óxidos de nitrógeno y el dióxido de azufre emitidos por fábricas, centrales eléctricas y vehículos que queman carbón o productos derivados del petróleo. En interacción con el vapor de agua, estos gases forman ácido sulfúrico y ácidos nítricos. Finalmente, estas sustancias químicas caen a la tierra acompañando a las precipitaciones, constituyendo la lluvia ácida.
Los contaminantes atmosféricos primarios que dan origen a la lluvia ácida pueden recorrer grandes distancias, siendo trasladados por los vientos cientos o miles de kilómetros antes de precipitar en forma de rocío, lluvia, llovizna, granizo, nieve, niebla o neblina. Cuando la precipitación se produce, puede provocar importantes deterioros en el ambiente.
La lluvia normalmente presenta un pH de aproximadamente 5.65 (ligeramente ácido), debido a la presencia del CO2 atmosférico, que forma ácido carbónico, H2CO3. Se considera lluvia ácida si presenta un pH de menos de 5 y puede alcanzar el pH del vinagre (pH 3). Estos valores de pH se alcanzan por la presencia de ácidos como el ácido sulfúrico, H2SO4, y el ácido nítrico, HNO3. Estos ácidos se forman a partir del dióxido de azufre, SO2, y el monóxido de nitrógeno que se convierten en ácidos.
Los hidrocarburos y el carbón usados como fuente de energía, en grandes cantidades, pueden también producir óxidos de azufre y nitrógeno y el dióxido de azufre emitidos por fábricas, centrales eléctricas y vehículos que queman carbón o productos derivados del petróleo.
La lluvia ácida se forma cuando la humedad en el aire se combina con los óxidos de nitrógeno y el dióxido de azufre emitidos por fábricas, centrales eléctricas y vehículos que queman carbón o productos derivados del petróleo. En interacción con el vapor de agua, estos gases forman ácido sulfúrico y ácidos nítricos. Finalmente, estas sustancias químicas caen a la tierra acompañando a las precipitaciones, constituyendo la lluvia ácida.
Los contaminantes atmosféricos primarios que dan origen a la lluvia ácida pueden recorrer grandes distancias, siendo trasladados por los vientos cientos o miles de kilómetros antes de precipitar en forma de rocío, lluvia, llovizna, granizo, nieve, niebla o neblina. Cuando la precipitación se produce, puede provocar importantes deterioros en el ambiente.
La lluvia normalmente presenta un pH de aproximadamente 5.65 (ligeramente ácido), debido a la presencia del CO2 atmosférico, que forma ácido carbónico, H2CO3. Se considera lluvia ácida si presenta un pH de menos de 5 y puede alcanzar el pH del vinagre (pH 3). Estos valores de pH se alcanzan por la presencia de ácidos como el ácido sulfúrico, H2SO4, y el ácido nítrico, HNO3. Estos ácidos se forman a partir del dióxido de azufre, SO2, y el monóxido de nitrógeno que se convierten en ácidos.
Los hidrocarburos y el carbón usados como fuente de energía, en grandes cantidades, pueden también producir óxidos de azufre y nitrógeno y el dióxido de azufre emitidos por fábricas, centrales eléctricas y vehículos que queman carbón o productos derivados del petróleo.